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"La escritura es un arma y es mucho más poderosa de lo que jamás llegará a ser un puño" Film "Huracán Carter" (The Hurricane) 1999

Categoria: Literatura

El Foso

                                                                 I

                                                             Salir

Un grupo de jóvenes inconscientes decidió abandonar la ciudad, cansados de soportar las caras y las maneras de sus conciudadanos, sobretodo de aquellos que, sobrepasándoles en edad, no eran todavía considerados ancianos y sometidos por su responsabilidad, hablaban sin parar de cosas sin ninguna importancia.

Al verlos partir, el “Supremo Espiritual” y el “Primero” de la ciudad no pudieron más que recriminarles la estupidez y la inutilidad de lo que iban a realizar: – «¿dónde pretendéis ir?, ¿es que pensáis sobrevivir fuera de estas murallas?, ¿no os han enseñado que “El Originario” creó la ciudad para que vivamos en ella y el exterior lo dejó para las fieras? – Decía alterado el “Supremo” – además, aquí lo tenéis todo!». – «Os ordeno que volváis, soy el responsable de vuestra seguridad» -. Gruñía con rabia el “Primero”. A estas furiosas palabras, el grupo contestó con alegres carcajadas – lo que hizo que las caras de los dos máximos representantes de la ciudad enrojecieran hasta casi estallar de rabia -. De repente, uno de ellos dejó de reír y se dirigió a los mandatarios con estas palabras: – «Vamos allí donde vosotros jamás pondréis los pies ya que nunca os atreveríais ni tan solo a soñar con tal lugar, allí donde, ni vuestra limitada imaginación ni vuestra tullida fantasía, serían capaces de esbozar un gesto coherente sin paralizarse de terror. Las más horribles pesadillas, de las que continuamente os asaltan durante las lúgubres noches de esta ciudad, no son nada al lado de aquello a lo que vamos a enfrentarnos y vuestras mentes jamás han podido ni podrán llegar a hacerse una vaga idea del maravilloso y terrible mundo al que nos dirigimos y al que ni vosotros ni vuestros soldados van a impedirnos ir» -. Al oír esto, los jóvenes desenvainaron sus espadas y avanzaron en silencio hacia la puerta principal. En medio de la plaza mayor se congregaron los familiares de los muchachos implorando a los mandatarios que hicieran algo, pero estos sólo pudieron bajar la cabeza y, dando media vuelta, volver por donde habían venido.

Saltando y bailando frenéticamente por encima de la muralla, un Bufón Loco que reía y lloraba alternativamente les suplicó que le dijeran a donde iban. El más joven del grupo dijo, con la mirada perdida en el horizonte que el entreabierto portón ya dejaba ver: – «vamos allí donde otros antes que nosotros han ido y de donde nunca nadie ha regresado, vamos al Foso» -. En ese momento, todos los allí presentes guardaron un gélido silencio que pareció durar una eternidad. Algunas de las madres de los que partían se desmayaron y, con más fuerza, más lágrimas brotaron de los enrojecidos ojos familiares, esta vez rodeadas de un tenebroso silencio, roto por la estridente voz del Bufón Loco: – «dejadme ir con vosotros, es necesario que vaya ya que soy uno de los imprescindibles, sin mi el viaje al Foso y lo que allí hagamos no tiene sentido» -. Sonriendo y con dulce voz, la mayor de las muchachas se dirigió a él: – «Eres libre de hacer lo que te plazca, ven si quieres, no serás una carga, al contrario, contigo todo será más alegre … y más triste…todo será como tiene que ser» -.

La peculiar comitiva se puso en marcha hacia su destino mientras que la ciudad cerraba sus puertas aterrorizada, confusa e incluso con una rabia difícil de disimular … junto con una secreta envidia.

                                                              II

                                                El inicio del camino

Al cabo de dos días de marcha llegaron a la zona de los grandes bosques. A partir de este momento empezaba el auténtico viaje. Hasta ahora se habían limitado a cruzar la llanura donde los suyos cultivaban la tierra y criaban ganado. Estaban en la frontera de su mundo y en adelante caminarían por el corazón de lo desconocido. Se acabó la naturaleza domesticada y empezaba la auténtica epopeya.

La negrura del bosque sobrecogió sus corazones. Ruidos desconocidos les sobresaltaban continuamente, habían olores extraños, oscuridad, frío … nunca antes hubiesen pensado que el bosque era así. Los árboles formaban un espeso muro y ellos tenían la impresión de ser como espectros, atravesando una pared de vida. Todo les producía una rara sensación de miedo mezclada con curiosidad pero sobretodo, lo que cautivaba sus mentes era la enorme belleza que contemplaban. Estaban ante la auténtica expresión de la vida. Una vida que no era un espejismo colorista y débil, como desde siempre les habían hecho creer en la ciudad. Allí existían la muerte, las tinieblas y el miedo pero su existencia, palpable y tangible, era bella a la vez que digna. No podía ser de otra manera, inseparable de la vida y de la luz. La constatación de esto reafirmó sus deseos de ir al Foso.

El único que no prestaba atención a nada era el Bufón Loco. Caminaba inmerso en su delirio, apareciendo y desapareciendo continuamente. Aquel curioso ser parecía encontrarse muy a gusto en el bosque. Una tarde, al volver de una de sus escapadas se plantó ante el grupo haciendo que este se detuviese, – « Tengo que hablaros » -, dijo lacónicamente. Los jóvenes se sentaron a su alrededor mientras él, sobre una roca, parecía meditar. Al poco tiempo despertó de su extraño y corto letargo y dirigió estas palabras a sus compañeros de viaje: – «He tomado una decisión que quiero exponeros antes de continuar. Yo ya he viajado muchas veces a través de este bosque y lo conozco como la palma de mi mano. Incluso he ido más allá, hasta el mismo borde del Foso. Por este motivo os comunico que, si no tenéis nada que objetar, voy a asumir la función de guía del grupo. Ahora os toca a vosotros responder»-. Jamás nadie había visto a aquel excéntrico personaje hablar con semejante aplomo y autoconciencia. En la ciudad todos le consideraban un caso irremediablemente perdido y nadie lo tomaba en serio. Los jóvenes aceptaron su proposición sin pensárselo dos veces. El Bufón Loco soltó una carcajada histérica, dio dos volteretas, un salto y finalmente se giró hacia el grupo diciéndoles con gran serenidad: -«seguidme»-. Todos se pusieron en marcha cantando en medio de aquel oscuro bosque.

                                                              III

                                                      El ermitaño

En todos los días que llevaban de camino no se les había aparecido ninguno de los terrores a los que se referían sus conciudadanos al mencionar este lugar y de los que aseguraban su existencia, sin haber estado jamás allí. Lo único con lo que se habían topado era con una gran cantidad de fragmentos de vida en estado puro. De todas formas, esos pedazos de existencia en bruto podían ser considerados por sus paisanos como verdaderas monstruosidades atendiendo al tipo de vida que reinaba en la ciudad.

Una jornada más emprendieron el camino y, como ya era habitual, sus ojos, permanecieron abiertos al máximo. La expresión de su rostro siguió reflejando una mezcla de sensaciones ambiguas. Los días pasaban pero no se acababan de acostumbrar a aquella naturaleza virgen y amoral. Tal vez pesaban demasiado en ellos los siglos de domesticación a los que su especie se había autosometido.

Al cabo de unas horas de marcha empezaron a notar que la selva era cada vez menos espesa. No tardaron en llegar a un claro, el primero desde que entraron en ese inmenso cuerpo dotado con vida propia. En medio del claro había una modesta choza hecha de ramas y barro. El sol la iluminaba mientras que de su figura emanaba un magnetismo especial. No pudiendo escapar a su influjo, el grupo entero se dirigió hacia la mísera cabaña. Cuando faltaban apenas unos pasos para llegar a la puerta, ésta se abrió y de ella salió un viejo harapiento y sucio, que sin dejar de mirar desconfiadamente a los jóvenes viajeros, les habló con tono firme y decidido: «¿así que sois vosotros los locos y estúpidos jóvenes de la ciudad que han decidido buscar el tesoro de la vida?». Tras unos segundos de silencio, fruto de la sorpresa, el viejo dejó escapar una ambigua risa, histérica y triste a la vez. En sus ojos se podía ver claramente la huella de una terrible herida, un profundo corte procedente del pasado que, violentamente abierto en su alma, permanecía sin cicatrizar. Era una llaga de la que todavía manaba la sangre de la desesperación. Después su expresión cambió súbitamente y se dirigió al Bufón Loco: – «supongo Onamuh que hoy vais a pasar el día y la noche aquí, tal como me dijiste ayer. Tenéis que estar frescos y descansados para enfrentaros con lo que os encontrareis mañana» – y el Bufón contestó: – «tienes razón viejo, al amanecer partiremos» – y dirigiéndose a los muchachos dijo: «descansad y comer en la casa de este ex-hombre, aceptad su hospitalidad sin tener en cuenta la expresión de su cara, olvidad los surcos de su frente, la pequeñez de sus ojos y la mueca de su boca, pero sobretodo no prestéis atención a la amargura que de él emana. Pensad que hoy debéis reponer al máximo vuestras fuerzas ya que mañana, tras dos horas de marcha, empezaremos la travesía de las montañas. Vais a necesitar toda la fuerza de la que seáis capaces de disponer, tanto de la fortaleza física como de la de vuestra inconsciente voluntad». El grupo se estremeció al oír estas palabras ya que eso significaba que se estaban acercando a la parte final y más dura de todo su viaje, próximos a alcanzar su objetivo o a precipitarse en el fracaso.

Pasados unos instantes se percataron de que el anciano había pronunciado el nombre del Bufón Loco. Nunca nadie en la ciudad había sabido como se llamaba este extraño personaje. Uno de los muchachos se dirigió al pequeño y deforme ser: «Onamuh … ¿ese es tu nombre?». El Bufón sonrió y, asintiendo con la cabeza, dijo: «en efecto, así es. Onamuh es mi verdadero nombre, el que yo mismo me puse cuando me cansé del que me impusieron. Esta designación autoelegida me satisface mucho más que la que se les antojó ponerme a mis padres. Para mi tiene verdadero sentido y un valor incalculable, por eso preferí que en la ciudad me llamasen Bufón Loco antes que Onamuh. Sólo le permito a una pequeña parte de la humanidad que me llame así, a aquel reducido grupo de personas que son capaces de entender que el hecho de autoimponerse un nombre implica dotarse a sí mismo de sentido, resumir en el título el contenido de la obra entera de forma que, al conocer el sentido profundo de la designación escogida, se pueda saber que no se trata de un mero conjunto vacío de letras sino la representación y la manifestación de un ser que existe. A partir de hoy podéis llamarme por mi verdadero nombre». Los jóvenes sonrieron y el más pequeño abrazó tiernamente a Onamuh.

Tras la austera cena ofrecida por el ermitaño y después de que éste se retirase a dormir, el grupo se sentó alrededor de la pequeña hoguera que brillaba en medio de la densa negrura. A pesar de ser verano, la noche era fría y se notaba la proximidad de las altas montañas. Frente al fuego, Onamuh jugueteaba absorto con unas piedras cuando una joven le preguntó por su anfitrión, extrañada de su apariencia y de su comportamiento pero sobretodo de su profunda e insondable tristeza: «Ya os he dicho que no le prestaseis atención, aunque debí suponer que no lo haríais. Él intentó conseguir lo que vais a procurar alcanzar vosotros – dijo Onamuh – pero fracasó. Le faltaba algo muy importante para realizar tan temeraria hazaña: cómplices. Pensaba que podía llegar a triunfar por su cuenta frente al reto del Foso y ese fue su gran error. Ninguno de los que lo ha intentado ha conseguido sacar el tesoro del Foso por el mismo motivo, la gente de la ciudad ignora voluntariamente su existencia, pero esta ignorancia es falsa, todos desearían poseer los secretos que allí se ocultan. Los que han intentado sacar a la luz lo que ahora permanece escondido han fracasado ya que han actuado solos. Los resultados siempre han sido los mismos: o se han convertido en ermitaños o en tiranos aborrecibles. Vosotros sois los únicos hasta ahora que han emprendido el camino en grupo. Lo que de todas formas no garantiza el éxito de vuestra misión …» Onamuh permaneció con la mirada perdida en el firmamento durante un momento y luego estallo en carcajadas histéricas, finalmente se puso a llorar en silencio y se fue a dormir.

                                                               IV                                             

                                                   En las montañas

 

Empezaron la ascensión cuando la luz del sol era tan solo un espectral reflejo luminoso mezclado con la bruma. Hacía mucho frío y una hiriente humedad lo impregnaba todo. Al cabo de una hora de marcha el sol ya iluminaba la tierra, pero en aquel desolado lugar el cielo permaneció de un amenazante gris plomizo. A su alrededor crecía una vegetación pobre que se aferraba a los pocos espacios de tierra existentes entre las rocas. El camino era duro, plagado de interminables cuestas casi verticales que resultaban ser una auténtica tortura para sus músculos. Era como un huerto sembrado de rocas afiladas por el hielo y los rayos, que continuamente herían las piernas de los jóvenes. Atravesaban abismos impresionantes por resbaladizas y estrechas cornisas de piedra. Tenían miedo. Onamuh intentaba animarles pero sus corazones padecían por primera vez el verdadero abrazo del terror y de la desesperación. Esta vez, la brutal mirada de la muerte se había posado sobre ellos mismos.

Avanzaban lentamente por las escarpadas laderas cuando oyeron un ruido metálico muy cercano a ellos seguido de una luz de color azulado, breve pero terriblemente intensa. Era un relámpago que se había precipitado salvajemente sobre el suelo … demasiado cerca. Al rayo eléctrico le siguió un estruendo ensordecedor. En ese momento se desencadenó una violenta tormenta. Jamás había pasado por su imaginación que la naturaleza en estado puro podía presentarse de una forma tan terrible. Estaban empapados y rodeados por los relámpagos en medio de aquel mundo implacable, a punto de perder la razón. La inevitable tragedia se produjo. Uno de los jóvenes, asustado por una violenta descarga del cielo que estalló a pocos metros de él empezó a correr aterrorizado, gritando y dirigiendo sus pasos hacia el cercano precipicio que estaban bordeando. Al caer por el vacío su garganta dejó escapar un alarido de terror que acabó de congelar la sangre de sus compañeros. Algunos empezaron a llorar, otros permanecieron de pié, con la boca abierta y la mirada perdida. Onamuh temblaba nerviosamente al borde del barranco mirando, con lágrimas en los ojos, el ahora diminuto cuerpo que yacía muy lejos de él, cerca del hambriento estomago de la tierra. Extendía continuamente los brazos en su dirección como si pretendiese alcanzarlo, mientras sollozaba y articulaba unas incomprensibles palabras. Todo parecía perdido cuando una niña del grupo de los más pequeños se levantó, cogió de la mano al compañero que tenía más cerca y empezó a andar lentamente en círculo en torno a los demás, entonando una antigua canción infantil. Al verlos dando vueltas, otro de los pequeños se enganchó al corro y cantó también, con los ojos enrojecidos por las lágrimas. La cancioncilla era en realidad un viejo cuento para niños que hablaba de un príncipe enamorado de la única flor que crecía en su jardín, pero que, al final de la primavera, se marchitaba y moría. Una vez desaparecida la amada flor, el príncipe enfermó, víctima de una desconocida dolencia a la que nadie supo enfrentarse. El joven enmudeció irremediablemente de forma que ninguno de los sabios del reino, pudo saber de labios del infante lo que le había pasado. Cuando más grave estaba el joven y los magos ya esperaban lo peor, uno de los pajes de palacio abrió las cortinas de la habitación. El moribundo alzó la mirada hacia el lugar donde estaba su flor, esperando encontrar tan sólo el vacío. Pero, de repente, su expresión cambió. El corazón del príncipe dio un vuelco cuando vio que en el lugar donde antes estaba la delicada flor habían infinidad de ellas, todas tan bellas como la que él tanto admiraba, resplandecientes bajo la luz del sol primaveral y rodeadas por una mágica aureola de vida. Por fin se curó y vivió felizmente en su reino. Al escucharlos, Onamuh despertó del estado en el que se encontraba. Ya se habían añadido más de la mitad de los jóvenes al círculo y el llamado Bufón Loco puso todo su empeño en sacar a los demás de su desesperación. Finalmente todos estaban ya unidos y en pié, firmemente decididos a continuar su viaje. La misma niña que empezó a cantar se acercó al borde del fatal precipicio, descendió unos metros por la escarpada pared bajo la mirada de sus compañeros, arriesgando su casi recién estrenada vida. En un recodo, entre unas cortantes rocas, se encontraba una pequeña flor en forma de estrella de muchas puntas, de color blanco y tacto de algodón. Suavemente la arrancó y la tiró hacia donde se encontraba el cuerpo de su amigo. La flor cayó sobre los labios del desafortunado muchacho. La pequeña regresó al lugar donde le esperaban los demás. Continuaron el camino cantando una y otra vez la misma canción, ignorando la furia con que la naturaleza se manifestaba a su alrededor.

Súbitamente, tal como estallo, la tormenta desapareció. En su lugar un cielo intensamente azul rozaba las altísimas cumbres de las montañas. A sus pies, El Foso.

                                                           V

                                                      El Foso

Ante ellos se abría un insondable abismo. La otra parte de la brecha estaba a una considerable distancia del lado en el que se hallaban y no había manera de atravesar el fenomenal barranco. Tampoco era posible descender ya que sus paredes eran lisas como el cristal. Por otro lado, la profundidad parecía ser tal que ninguna cuerda hecha por manos humanas podía ser tan larga como para llegar hasta el final. Se miraban boquiabiertos unos a otros sin saber qué hacer. Onamuh parecía una fiera enjaulada, recorriendo una y otra vez parte del borde de la sima. Pasaron muchas horas y nadie sabía qué hacer ni qué decir. Les alcanzó la noche, oscura y glacial, pero ellos permanecieron allí, intentando saber qué es lo que tenían que hacer.

A la mañana siguiente, sus expresiones empezaron a cambiar. Los rostros que antes reflejaban un cúmulo de nobles sentimientos, parecían estar metamorfoseándose en algo muy distinto. Poco a poco iban lanzándose unos a otros miradas amenazadoras y recriminatorias, Onamuh acabó siendo el blanco de todas las iras. La violencia estaba a punto de estallar cuando un niño, que debía tener unos cinco años y que había permanecido absorto, sentado al borde del despeñadero y ajeno al remolino de odio que se había formado en el grupo, se levantó y se dirigió hacia sus compañeros. Al ver lo que estaba a punto de ocurrir, silenciosas y amargas lagrimas se escaparon de sus ojos. De pronto, todos se fijaron en él. El pequeño habló: – «no busquéis ningún culpable, y menos en Onamuh. Él ha sido el único que ha hecho lo que tenia que hacer por sí sólo. Ahora, si hay algo más que hacer lo debemos realizar todos unidos» -. Los ánimos se calmaron y las miradas se volvieron a centrar en Onamuh, pero esta vez acompañadas por unas mejillas ruborizadas. El llamado Bufón Loco sonrió y dijo – «no os preocupéis, al fin y al cabo somos lo que somos».

Mientras deliberaban, una joven, que pocos instantes antes había dado furiosas muestras de desesperación, abandonó el grupo y se acercó al Foso, visiblemente afectada. Se sentó con las piernas colgando en el vacío. Pronto todos los demás hicieron lo mismo. La muchacha miró hacia el fondo del abismo, luego levantó la vista hacia el cielo y vio pasar un águila volando a gran altura. Al contemplar la majestuosa ave dijo – «sólo un pájaro podría llegar al fondo de este precipicio». Estas palabras parecieron causar un extraño efecto en el grupo y, poco a poco, un insólito brillo empezó a emanar de sus ojos. Por primera vez comprendieron el misterio que encerraba el acceso a las profundidades del foso.

Se levantaron, entrelazaron sus manos formando un círculo y lentamente empezaron a transformarse. Iban cambiando de aspecto y, tras unos instantes en los que se convirtieron en una informe amalgama de colores, el conjunto que formaban sus cuerpos empezó a cobrar una nueva forma. Se transmutaron en un ave que superaba en belleza a cualquier ser vivo. De ellos había nacido una criatura diferente, un espléndido pájaro de brillantes plumas y canto armonioso. El fabuloso animal emprendió el vuelo dejando tras de sí una multicolor estela. Sobrevoló durante unos minutos un espléndido cielo azul, como si quisiese gozar al máximo de su nueva condición hasta que súbitamente, se dejó caer en picado hacia el fondo, en dirección al oscuro corazón del abismo.

El animal descendió durante horas por el interior de la negra tierra hasta que al final consiguió alcanzar su objetivo. Todas las paredes de la grieta convergían directamente hacia su extremo final, formando un descomunal embudo con una pequeña planicie en su extremo inferior que no debía tener más de quinientos metros cuadrados. En el mismo centro de la explanada había una casa de aspecto opulento, ricamente decorada y de cuyas ventanas salía la única luz que iluminaba el lugar. El ave se posó ante la puerta del edificio y, poco a poco, fue recobrando su primitiva forma hasta que el grupo entero volvió a tener aspecto humano. Ni los jóvenes ni Onamuh parecían tener miedo, pero no podían dejar de mostrar asombro. Seguían cogidos de la mano y de esta forma se fueron acercando a la puerta de la mansión. Encima de la entrada había una placa de mármol con una inscripción:

“si éste umbral queréis cruzar

 sólo de uno en uno debéis pasar”

Ahora el asombro se mezcló con una nube de inquietud. Hasta el momento nunca hicieron nada por separado y siempre se habían tenido los unos a los otros pero, acababan de descubrir que lo que habían venido a buscar, sólo lo podían encontrar en soledad. Decidieron a suertes el orden de entrada. En cuanto el primero penetró en la casa, la puerta se cerró herméticamente tras de él y todo intento de volverla a abrir fue en vano. Tras esperar, unos breves instantes o una eternidad, no lo sabían, la puerta se abrió sola y pudo entrar el siguiente. Todos, desde el más pequeño hasta Onamuh fueron pasando al interior.

VI

El tesoro

 

De lo que ocurrió a dos de los que entraron

– que fue lo mismo que les sucedió a todos –

 

El primero en entrar fue un impetuoso joven que quedó asombrado al descubrir el interior de la casa. A pesar de que de las ventanas emanaba una potente luz y de la pomposa decoración exterior, el interior era totalmente diferente. Tan sólo había un espacio cuadrado, completamente vacío de no ser por un enorme espejo situado en el mismo centro de la sala. Al lado del espejo brillaba la única luz de la habitación: dos sencillos candelabros con tres velas cada uno. Al ver el espejo se dirigió a él sin vacilar y se colocó de frente, mirando fijamente a los ojos a su propio reflejo. De repente, una oleada interminable de imágenes empezó a fluir por la lisa superficie del cristal, imágenes referentes a todas las posibilidades existenciales, futuras o pasadas, que se abrían ante él. Pero, con cada imagen el desasosiego crecía en el interior del niño. La violencia, la muerte y todo tipo de horrores fueron mostrándose con un realismo cada vez mayor. Estaba paralizado por el terror, no podía ni siquiera gritar y padecía la misma sensación que había sentido en muchas de sus pesadillas en las que, perseguido por alguna indescriptible monstruosidad, sus miembros no le respondían y no podía huir, hasta que finalmente se veía entre las garras de cualquier innombrable rareza. La diferencia estaba en que en sus pesadillas, por muy horribles que éstas fuesen, siempre podía despertar y ahora no estaba dormido. Al llegar al clímax del espanto, cuando esperaba ver aparecer en el espejo lo más terrible que jamás había podido idear, la imagen que apareció ante él fue él mismo. Tenía el mismo aspecto que ahora, la misma ropa, la misma edad, pero la mirada era diferente, era una mirada cruel y bestial. Quiso dar media vuelta y escapar pero sus piernas seguían sin obedecerle. De repente, la figura del espejo dio un salto y se plantó frente a él, podía sentir su aliento en la cara. Se estremeció al ver aquella mirada furiosa clavada en sus ojos. Su doble levantó violentamente la mano derecha por encima de su cabeza, sostenía un hacha de doble filo … la dejó caer sobre el infeliz que sólo pudo gritar. Súbitamente ambas figuras desaparecieron y la puerta se abrió.

La siguiente fue una muchacha que vio como tras de sí se cerraba la puerta, era imposible volverla a abrir. Una vez superada la sorpresa inicial que le causó el aspecto interior de la casa, la joven se acercó, indecisa y temblorosa, hacia el espejo, situándose ante él. Se vio a sí misma tal como era hasta que, de pronto, la imagen empezó a cambiar. Era ella pero cada instante cambiaba de forma, de edad, de actitud. Lloraba, hacia el amor, reía, dormía, daba a luz, tan pronto era un bebé en brazos de su madre como una vieja moribunda. Esto último le causó una honda impresión: en cuanto vio a la anciana en el espejo, una vieja medio muerta que le miraba con ojos vidriosos y cansados, rompió a llorar. En el mismo momento en el que brotó de sus ojos la primera lagrima dejó de ver a la anciana y en su lugar apareció una calavera ennegrecida y desdentada. La joven lanzó un grito desesperado y en el espejo empezaron a sucederse imágenes brutales de muerte y destrucción. La muchacha estaba a punto de perder el conocimiento ante la barbarie que contemplaban sus ojos cuando algo en su interior le hizo mantener sus pupilas fijas en lo que estaba viendo. Empezó a hablarse a sí misma y comprendió que lo que debía hacer, si quería apartar de ella el horror que estaba contemplando, era precisamente eso, establecer un soliloquio que le permitiría, al mismo tiempo, dialogar con el espejo. Se dio cuenta de que ella construía lo que estaba viendo, que sólo en su interior estaba el poder hacer frente a sus propias monstruosidades y que únicamente de esta manera podía ayudar a otros a dominar sus propios horrores. En definitiva comprendió que sus más crueles visiones no eran de su única propiedad, pertenecían a todos sus semejantes. Estas espeluznantes creaciones eran en realidad la fuente de todo lo que más había odiado en la ciudad y fueron en el fondo lo que le empujó a irse de allí junto con sus compañeros. Tras estas reflexiones el espejo volvió a reflejar su propia imagen tal cual era en ese momento. Una sonrisa de victoria iluminó el rostro de la chiquilla y de repente desapareció. La puerta se volvió a abrir.

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Epílogo

 

            Despertó en el claro de un magnifico bosque. Los cálidos rayos del sol acariciaban su cara y un coro de pequeñas gargantas aladas entonaba una dulce melodía. Se incorporó, miró a su alrededor y respiró aliviado, allí no había nadie más que él mismo. Súbitamente recordó y empalideció, precisamente eso era lo que más temía: estar a solas consigo mismo! Los recuerdos de lo sucedido en el interior de la casa se agolpaban en su cerebro. Gritando de dolor empezó a correr en ninguna dirección. Tropezaba continuamente con las raíces salientes de los árboles, las ramas le golpeaban frenéticamente en la cara y las zarzas desgarraban su piel. Al cabo de un rato de alocada carrera vio una grieta entre dos grandes piedras. Era lo suficientemente grande como par que pudiese deslizarse en su interior. Se escondió en la oscuridad y permaneció allí, arrinconado en silencio como un animal herido, durante dos días. Finalmente, el hambre y la sed pudieron más que su pánico y con extrema precaución salió de su escondrijo. Era una mañana resplandeciente pero él buscaba continuamente las sombras del bosque, huía de la luz ya que tenia la sensación de que delataba su presencia. Al cabo de media jornada de marcha, exhausto, encontró un riachuelo. Se abalanzó sobre el agua y bebió hasta hartarse. Saciado, se sentó bajo la sombra de un enorme roble. Tenía hambre y, no pudiendo resistir el impulso de buscar alimento, decidió buscar algo que pudiese calmar el dolor de su vacío estomago. Como no sabía cuanto tardaría en volver a encontrar agua quiso beber de nuevo. Esta vez no se precipitó desesperadamente sino que se agacho con tranquilidad sobre la superficie del riachuelo. Se detuvo en seco: vio su propia cara reflejada en el espejo natural que formaban las tranquilas aguas del arroyo. Otra vez, durante unos instantes el miedo lo dejó petrificado, pero no salió huyendo, resistió hasta que se dio cuenta de que la imagen que veía era la que siempre había visto. Su odioso doble no estaba físicamente allí, sabía donde estaba. Ahora ya no tenia que escapar ya que estaba seguro que fuese donde fuese esa monstruosidad le acompañaría para siempre. Comprendió que no podía volver a la ciudad mientras eso estuviese presente en su interior ya que, si alguna vez emergía de las profundidades de su ser, no calmaría sus ansias de muerte en él mismo sino que se cebaría en sus semejantes. Debía permanecer en el bosque e intentar comprender cómo podía dominar a esa bestia interior, puesto que le era imposible hacerla desaparecer. Se puso de pié y emprendió el camino de regreso hacia el claro donde había despertado. Tenia que construirse una choza de barro y ramas antes de que llegase el invierno.

La muchacha apareció suspendida en el vacío y rodeada de oscuridad. A pesar de todo no tuvo miedo, sabía lo que tenia que hacer. Pensó que lo que necesitaba era luz y una antorcha apareció en sus manos. Deseó pisar suelo firme y la tierra brotó a sus pies. Quiso ver las estrellas y miles de puntos brillantes surgieron en el cielo. Ahora sólo le quedaba una cosa por hacer, emprender el camino … pero ningún camino se abrió ante ella. Quedó desconcertada ya que esperaba que la senda que debía seguir apareciese también, igual que había ocurrido con todo lo demás, pero no fue así. Estaba en medio de ninguna parte, bajo un cielo maravilloso pero desconcertada por este enigma que no llegaba a comprender por mucho que pensase. Toda la noche la pasó cavilando. El sol ya calentaba la tierra cuando estaba a punto de perder la paciencia. Su mente estaba saturada, no había manera de comprender y todos sus razonamientos llegaban a callejones sin salida. Alzó la vista ante sí y sólo vio una gran extensión de tierra, sin rutas ni caminos. Miró sus pies descalzos sobre la hierba, lentamente uno se movió hacia delante y luego el otro le siguió. Dio un paso y luego otro y luego otro más … con cada paso aparecía el camino que tanto había anhelado y que ninguno de sus razonamientos más profundos había logrado crear. Sólo le quedaba seguir hacia delante.

Anuncis

No

 

La noche llegaba a su fin y el día prometía ser frío y gris. Como siempre. Él despertaba igual que cada mañana, empapado en rutina, con frío en el cuerpo y grises ideas. Dispuesto a iniciar otro día laborable más. Se aseó, se vistió y almorzó como de costumbre, repitiendo mecánicamente los mismos gestos cotidianos. Salió a la calle y cogió el autobús. Se instaló en el frío e incomodo asiento de aquél enorme vehículo y se dispuso a soñar despierto durante los breves instantes que debían pasar hasta llegar a su destino.

Cada día, cuando entraba en aquel edificio tenia la misma sensación de frustración al comprobar que nada había cambiado desde el día anterior. Seguía haciendo la misma peste, seguía viendo las mismas caras, unas crispadas y otras inexpresivas. Siempre la misma decoración a base de archivadores, ordenadores, alguna planta raquítica, papeles, una moqueta mugrienta y unas paredes no menos sucias. Quizás se podía incluir en la decoración a algunos de sus compañeros de trabajo. Desgraciadamente, todo seguía igual y debía injertarse a su mesa. Y es que, las pocas veces que no se dormía en el autobús, siempre se imaginaba que al llegar a su lugar de trabajo, lo encontraba todo arrasado por un incendio o una inundación. Cada vez que se dejaba llevar por estos pensamientos, acababa abandonándose a la euforia y terminaba por importándole un pimiento que se quedase sin trabajo con tal de ver aquel odioso lugar reducido a cenizas. Cuando esto ocurría y veía finalmente que todo permanecía como de costumbre, se sentía extrañamente enfurecido, tanto que daba rienda suelta a su imaginación más brutal. Se veía a sí mismo, con un bate de baseball en las manos, emprendiéndola a garrotazos con todo lo que había en aquella sala, ya fuesen objetos inertes o seres, aparentemente, vivos. Lo que imaginaba con más pasión era una escena que, en esos momentos, siempre se representaba mentalmente: derribaba de una patada la puerta del despacho de su jefe y, ante la estúpida mueca de desconcierto de éste, le asestaba un golpe tan grande en la cabeza que le hacia saltar por los aires dientes, gafas y miles de chorretones de sangre, todo muy a lo Pekimpah. Pero, al llegar a este acto de su imaginaria tragedia, detenía súbitamente sus pensamientos y, horrorizado, se contemplaba como un monstruo, como un ser abyecto, arrepintiéndose inmediatamente de tener tales pensamientos. Además, estaba el espantoso agravante de que no se trataba de simples sueños nocturnos más o menos inconscientes, sino que, al contrario, era algo creado voluntariamente por él mismo. De todas formas, a los pocos minutos de ponerse manos a la obra se olvidaba de sus veleidades destructivas y pasaba, él mismo, a formar parte del mobiliario. Este era el único momento de su vida en el que se dejaba llevar por extrañas sensaciones, era un momento en el que, durante unos breves instantes, un arrebato destructivo le hacia salirse de su abúlica vida cotidiana. Pero poco duraban en su existencia los instantes extraordinarios, la enorme mayoría de sus momentos vitales eran tan vulgares como su traje azul y sus zapatos negros.

 

 

Una vez finalizada su jornada laboral y previo coito de la maquina de sellar con un anodino cartoncillo en el que estaba escrito su nombre, emprendía el camino de vuelta a su hogar. Tras una relajante ducha se puso cómodo y encendió su televisor. En realidad no le gustaba nada o casi nada de lo que ofrecía la programación pero, el conectar ese tonto aparato era como un ritual más de los muchos que llenaban su vida. Nunca se había preguntado el porqué pero siempre le daba al botoncito que, de inmediato, hacia aparecer un chorro interminable de imágenes y sonidos. Por lo menos, la única ventaja que realmente le había encontrado a este electrodoméstico era la de que, mediante esa cascada de sonidos, se llenaba el hiriente hueco de silencio que aprisionaba su solitario hogar.

Se puso a mirar, sin prestar demasiada atención un estúpido concurso en el que los ganadores recibían un coche como premio. He aquí uno de los misterios más impenetrables de la existencia, ¿por qué siempre regalaban coches en los concursos televisivos?. A él personalmente los coches no le gustaban – lo que siempre le hacia pasar por raro entre sus escasas amistades, en especial entre las de su mismo sexo -. Pero como pasaba con todo lo demás, la incertidumbre que le planteaba este enigma no duró mucho tiempo y acabó por sumirse en el tedio habitual.

Esa tarde el concurso era más aburrido que nunca y tras una hora de contemplar un patético espectáculo le entró hambre. Decidió prepararse la cena. Así haría tiempo para que acabase el dichoso concurso, esperando que después emitiesen alguna película. Le encantaba el cine, era su afición, su hobby. Entró en la cocina, encendió la luz y súbitamente le dio un vuelco el corazón, vio algo que le desconcertó por completo. En una de las paredes había un enorme punto de interrogación. Era de unos cincuenta centímetros de alto, de color naranja chillón y su dibujo era tan perfecto que parecía estar hecho con ordenador. Al acercarse y tocarlo comprobó asombrado que aquello no estaba hecho con ningún tipo de pintura de los que él conocía. Más bien parecía estar incrustado en la pared, como si siempre hubiese estado encajado allí. Pasados los primeros instantes de sorpresa  le invadió el miedo. ¿Quién podía haber entrado en su casa y puesto aquello en la pared?, quizás tan sólo se tratase de algún gamberro al que le gustaba gastar bromas pesadas, pero, a lo peor, se estaba enfrentando a un maníaco asesino! … ¡extraterrestres! … ¡brujería! … Su televisiva mente parecía haber vomitado de golpe todo lo que se había tragado sin masticar y que, indigesto en algún rincón de su debilitado cerebro, había encontrado el momento oportuno para salir al exterior. Se armó de valor, empuñó un cucharón y, con las piernas temblorosas, inspeccionó todos los rincones de su casa. Con gran alivio para él, finalmente pudo comprobar que allí no había nadie. Entonces decidió volver a la cocina y planear alguna forma de deshacerse del inoportuno punto de interrogación. Al entrar la sangre se le congeló en las venas, aquello había aumentado de tamaño y ahora debía medir aproximadamente un metro!

Probó con todas las substancias que tenía, aguarrás, lejía, salfuman, decapante, ácido, cal viva, cocacola, pero no había manera de eliminarlo. Su superficie ni tan sólo se manchaba y lo peor de todo era que crecía constantemente. Su tamaño había llegado ya a los dos metros y medio. Pasó toda la noche intentando deshacerse del maldito punto de interrogación. Estaba desesperado, cansado, tenía sueño y se acercaba la hora de ir a trabajar. ¿Qué hacer, llamar y decirle al jefe: «mire Sr. Rodríguez, verá es que me ha salido un punto de interrogación en la cocina y no puedo dejar esto tal como está, debo esperar a que abran las droguerías a ver si me dan algo para quitarlo, no se preocupe que en cuanto acabe vendré y el sábado recuperaré las horas perdidas»?. Estaba claro que no podía hacer eso, ¿quién creería semejante historia?, y sin embargo aquello estaba allí, presente y real ante sus ojos, creciendo cada vez más.

De pronto, un silbido metálico le sacó de las cavilaciones en las que estaba sumergido. Provenía del punto de interrogación y empezó en el mismo momento en el que éste empezó a experimentar una nueva mutación, al margen de su continuo crecimiento. El extraño signo ortográfico, que ocupaba ya casi enteras las cuatro paredes de la cocina y el suelo, mostraba ahora un movimiento vibratorio en su superficie. Al contemplar este cambio, algo cambió en el cerebro de aquel desafortunado oficinista. Sus ojos estaban inyectados en sangre y su mirada era la de un loco furioso. Presa de un súbito arrebato, se lanzó contra la pared, golpeando la superficie del punto interrogativo. Las continuas patadas, puñetazos y arañazos hicieron que sus manos sangrasen abundantemente. No parecía sentir el dolor, al contrario, con cada golpe, su delirio se incrementaba. Estaba en pleno paroxismo y aullaba como un poseso mientras que de su boca fluían mil espumarajos. Tras unos breves instantes de frenesí, la superficie de aquello, que se había apoderado de toda la extensión libre que quedaba, cambió drásticamente. Se reblandeció y adquirió una textura similar a la del barro. Al mismo tiempo, paredes, suelo y techo empezaron a juntarse de forma que, progresivamente, la pieza iba reduciendo sus dimensiones. En un momento de lucidez, aquel desdichado ser se dio cuenta de que el centro en torno al cual se encogía la cocina era él mismo. Pudo comprobar horrorizado que se hundía en el suelo: estaba siendo absorbido y cada vez con mayor velocidad. Finalmente, cuando sólo quedaba visible su cabeza, estando las paredes y el techo a unos escasos cuatro centímetros de ella, comprendió. Utilizó el poco aire que quedaba en sus pulmones y grito, lo más fuerte que pudo, una sola palabra: NO!.

Comprendió demasiado tarde …

Instantes

 

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6:30 de la mañana. La ciudad comienza poco a poco a revolverse sobre sí misma. Luces tenues en el cielo y sombras furtivas que se mueven torpes y pesadas, sobre un suelo sucio y gris. Los primeros ruidos de la ciudad rompen el sepulcral silencio del sueño urbano, de la misma manera que los estridentes pitidos de los despertadores alteran violentamente el rígido reposo de los ciudadanos, consiguiendo que, con ojos nublados, regresen al mundo tras un breve lapso de tiempo sumergidos en ellos mismo – quizás el único momento -.

1

            El frío cortante incrementa el dolor. Arrastra pesadamente su cuerpo golpeado y herido. Su ala dibuja una perpendicular casi perfecta con su pequeño cuerpo y a cada paso, el sufrimiento recorre todo su ser como una descarga eléctrica. En su mente el vacío. El camino indica la dirección a tomar. La verdad no tardará en aparecer marcando, con su auténtica esencia, los instantes que se suceden uno tras otro imperturbables. Nada les importa a esos malditos pedazos de tiempo su padecer, su destino está configurado así. No puede ni maldecir esos momentos que son los que nutren su existencia y que sin embargo están fuera de él, muy lejos. Ya ni los recuerdos, vagas impresiones de lejanas imágenes, le dejan tranquilo. Un nido, alimento, calor y luego soledad. Soledad entre la multitud. Instinto, hambre y sed. Restos pestilentes esparcidos por el suelo, agua sucia mezclada con aceite de motor y gasolina. Reproducción y ver como se repite el ciclo, como la rueda gira. Tristeza, cansancio, oscuridad … ¿Por qué?, ¿qué motivo hay para aparecer aquí y desaparecer de una forma tan estúpida?. Una sombra de rebeldía cruza por sus ojos, pero otra descarga de dolor le hace abandonarse a la realidad. De repente un olor vagamente familiar, fuerte y seco. Lo reconoce. Delante de él, a algunos pasos, descubre al más temido. Ve como unos ojos luminosos y duros le atraviesan pero no tiembla, incluso ha tenido suerte después de todo y su final no será tan inútil como parecía. Ahora su mente sólo puede lamentarse – «pobre viejo tonto – se dice a sí mismo – te dejaste engañar por tu estómago y por la noche …! Has vivido demasiado para ser lo que eres! Pero, si hubiese dejado aquellas migas de pan, si no me hubiesen cegado los espasmos de mi vientre, la temida noche no me hubiese atrapado. Luego aquel ruido, un golpe y mi cuerpo deformado. Al final el dolor …»

 

2

 

– «Presa fácil: ¡devora!, ¡sacia tu hambre! …» -. Estos pensamientos llenan la mente del famélico animal. En ella brotan cascadas de imágenes que le incitan a matar: «la víctima da sus últimos movimientos, bruscos, contorsionándose de miedo y de dolor. Por la garganta del carnívoro empieza a caer el cálido líquido de la vida». Sigue al ave que camina torpemente en ninguna dirección, esperando el mejor momento para saltar sobre ella. Ha tenido suerte, esta noche podrá comer. Antes él era el rey de la calle, joven, fuerte y altanero. Sólo con su mirada ahuyentaba a sus competidores. Pero, ¿qué es ahora?, un saco de pellejo sucio y un montón de huesos frágiles y reumáticos, una hoja en blanco donde los jóvenes escriben con sus garras poesías de violencia y de dolor. Él mismo no es otra cosa que una cruel burla de la naturaleza: uno de los seres más perfectos para sobrevivir, ha conseguido vivir tantos años que ahora sólo puede sufrir por haber realizado lo que su ser le dicta.  Nada puede hacer salvo esperar, dejar que pase el tiempo …

 

3

            El ave agotada se detiene, acurrucándose en un portal. El felino, siempre a algunos pasos del pájaro, se sienta. Sus miradas se cruzan y en ellas nada hay de odio ni tampoco de miedo. Comprenden. Comprenden que ambos no son más que uno, que son “hijos” de un mismo Dios. Un Dios que les ama, un Dios que les odia. Un Dios que no los ha creado y que no les llevará a ningún paraíso sino que, al contrario, los abandonará. Este será el ultimo acto de compasión hacia ellos. El único recibido en sus dolorosas vidas.

 

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            6:57 de la mañana. El día se ha levantado nublado. Amenaza tormenta. El mar embravecido esparce su olor por las calles de la ciudad. En un rincón, frente a un portal, el viento levanta unas cuantas plumas grises, dispersándolas en cien mil direcciones. A lo lejos, un viejo vagabundo se asoma a un pestilente contenedor de basura, buscando un pedazo de vida.

 

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