Problemas cosmovisionales en la sociedad intercultural (Capítol del llibre: Boladeras, M., (Ed.) Bioética, género y diversidad cultural, Editorial Proteus, Barcelona, 2012)

by sapereaudecat

1. Biología y cultura

Como ya es de sobras conocido, la evolución somete a todo ser vivo a una interacción dinámica entre su propia biología y el medio en el que se desenvuelve. Esto es así también para el ser humano, cosa que con demasiada frecuencia tiende a olvidarse. No obstante, podemos afirmar que nuestra especie presenta una importante característica que la diferencia de las demás: la cultura.

Numerosas especies desarrollan formas protoculturales[1], siendo los chimpancés los más conocidos, pero no los únicos (gorilas y delfines entre otros). La protocultura añade una nueva y valiosa forma de actuar y manipular el entorno. No obstante, la supervivencia de los seres vivos que son capaces de desarrollarla no depende de ella, más bien supone una estrategia añadida que permite optimizar los recursos, pero que no es determinante para obtenerlos. Dicho de otra manera, los chimpancés enriquecen su dieta con las nueces y las termitas que consiguen mediante la elaboración de herramientas, pero su alimentación depende totalmente de la recolección de vegetales (y ocasionalmente de carne).

Si bien podemos pensar que nuestra especie, en sus estados iniciales, siguió el camino de la protocultura, el desarrollo posterior de la evolución humana estableció nuevos caminos para el género homo. En nuestra ruta evolutiva la cultura no fue un añadido suplementario, fue algo que interactuó con nuestro propio desarrollo filogenético:

«Esto significa que la cultura más que agregarse, por así decirlo, a un animal terminado o virtualmente terminado, fue un elemento constitutivo y un elemento central en la producción de ese animal mismo. […] Entre las estructuras culturales, el cuerpo y el cerebro, se creó un sistema de retroalimentación positiva en el cual cada parte modelaba el progreso de la otra; un sistema en el cual la interacción entre el creciente uso de herramientas, la cambiante anatomía de la mano y el crecimiento paralelo del pulgar y de la corteza cerebral es sólo uno de los ejemplos más gráficos. Al someterse al gobierno de programas simbólicamente mediados para producir artefactos, organizar la vida social o expresar emociones el hombre determinó sin darse cuenta de ello los estadios culminantes de su propio destino biológico. De manera literal, aunque absolutamente inadvertida, el hombre se creó a sí mismo»[2]

De todas las aportaciones resultantes de ese creativo feedback, el lenguaje humano resultó ser la pieza clave para la aparición de nuestra forma específica de cultura. El lenguaje nos permite pensar de una forma diferente a la del resto de mamíferos:

«El guepardo observa, se da cuenta, clasifica, decide, recuerda, aprende, en una palabra, piensa. Pero no se trata de un pensamiento lingüístico o conceptual, que proceda mediante la articulación de símbolos arbitrarios. Se trata de una serie de coordinaciones sensoriomotrices de imágenes, recuerdos, impulsos y movimientos, mediados por los programas del cerebro. […] Hay que distinguir el saber que A (donde A es una proposición), que es algo lingüístico, que presupone la articulación simbólica de ciertos rasgos de la experiencia, del saber hacer, que es algo no-lingüístico, pues consiste en la posesión de cierta habilidad psicomotriz»[3]

Ese pensamiento lingüístico es uno de los más valiosos frutos de nuestra evolución:

 

«Nuestra hipótesis pretende ligar la prefrontalización del cerebro a la manipulación de signos mediante el uso de algún tipo de lenguaje simbólico. […] En este sentido, muy probablemente, la expansión prefrontal no sería tanto la causa del despliegue del lenguaje – un protolenguaje – sino más bien su consecuencia. Así, los primeros pasos hacia el lenguaje – mediante la creación de algún tipo de protolenguaje – serían dados por los amigos y las amigas de Lucy o sus camadas australopitecos, que, con unas capacidades cognitivas un poco por encima de los chimpancés actuales, casi sin darse cuenta cruzarían el umbral de los espacios simbólicos y esto iniciaría un maravilloso juego de retroalimentación, una fascinante historia de ir y venir donde el uso de símbolos seleccionaría una más grande prefrontalización que, al mismo tiempo, permitiría más eficiencia articulatoria, más capacidad de discriminación auditiva, de flexibilidad y de secuenciación que empujarían hacia el engrandecimiento de la prefrontalidad, de las zonas de asociación parieto-temporales y de los espacios límbicos vecinos.»[4]

 

De esta manera podemos definir la cultura humana, posibilitada por el excepcional uso del lenguaje simbólico, como una propiedad emergente[5]. Es el producto de la sinergia entre la biología y el ambiente, en la que los propios logros culturales actúan como catalizadores de un cambio que desembocará en una nueva estrategia de supervivencia. Una estrategia que alcanzará un éxito sin parangón entre el resto de mamíferos.

Podemos decir que la cultura, tiene un origen biológico, pero no es reductible a la biología, siendo capaz de seguir su propia dinámica. Gracias al lenguaje – garantizado biológicamente pero que sólo en la intersubjetividad encuentra la posibilidad de desplegar todas sus potencialidades – el ser humano puede desarrollar unas nuevas y decisivas herramientas simbólicas. Con ellas construirá los múltiples, versátiles y adaptables contenidos simbólicos con los que, no sólo garantizará su supervivencia como especie, sino que dará sentido a su estar en el mundo.

2. La cosmovisión

Como afirma Clifford Geertz, lo simbólico existe tan concretamente como lo material y representa hechos tangibles[6]. Uno de los principales instrumentos simbólicos es la cosmovisión. La podríamos definir como la forma de percibir y sentir el orden en el mundo, de dar razón y sentido al universo y, especialmente, al mundo cotidiano.

La función esencial de la cosmovisión es la de generar sentido y garantizar un marco ordenado, coherente y sencillo en el que poder desarrollar la vida. Mediante sus contenidos podemos vivir cotidianamente sin necesidad de repensar continuamente cuestiones complejas y angustiantes referentes al sentido de la existencia y nuestra manera de actuar en el mundo. Además nos permite reducir la complejidad del mundo mediante la simplificación simbólica. Su importancia es tal que podríamos decir que cosmovisión y cultura son las dos caras de la misma moneda.

Cada cultura posee una cosmovisión determinada, aunque puede suceder que en una misma cultura encontremos diferentes cosmovisiones (normalmente en competición). Es lo que ocurre en la cultura occidental actual, escindida entre una visión del mundo científica y otra religiosa[7]. La pluralidad cosmovisiva se da sobretodo en sociedades de alta complejidad cultural y social o bien en sociedades en proceso de cambio cosmovisional.

3. Los conceptos cosmovisionales

la cosmovisión se articula entorno a los conceptos cosmovisionales[8]. Dichos conceptos poseen contenidos simbólicos que determinan la manera como entendemos el mundo y a nosotros mismos. Al mismo tiempo están implicados en las prácticas cotidianas, tanto individuales como institucionales, las relaciones de poder, la política, la economía, etc. para comprenderlos mejor es fundamental tener presente dos cuestiones fundamentales:

1. la determinación que estos conceptos ejercen no es nunca absoluta, ya que se articulan de manera retroactiva con las prácticas sobre las que se aplican. De esta manera dentro de las culturas, la cosmovisión interactúa creativamente con las diferentes prácticas, estableciendo así un sistema sólido y dinámico, aunque no determinístico. Justamente, y como veremos más adelante, éste es uno de los procedimientos de cambio cosmovisional.

2. los conceptos cosmovisionales se articulan y ordenan jerárquicamente mediante una estructura en red. La jerarquía viene determinada por la posición preponderante de uno o unos determinados conceptos cosmovisionales frente a los demás. Pero todos ellos están interconectados y lo que afecta a uno de ellos afecta a los demás.

Esta forma de organización de los conceptos cosmovisionales, a la vez jerárquica y en red, reafirma el sentido de las prácticas culturales en todos los niveles, siendo especialmente relevante en las prácticas sociales de cada cultura.

Podemos establecer las siguientes características esenciales de los conceptos cosmovisionales:

– son elementos que contienen y expresan sentido cosmovisional, así como una alta complejidad simbólica y semántica[9]

– determinan lo que podríamos llamar los “lugares simbólicos privilegiados” de una cultura, permitiendo la aparición de núcleos semánticos, es decir, la íntima vinculación entre los conceptos cosmovisionales y las prácticas con las que se relacionan.

– se dan como supuestos acríticamente, lo que no quiere decir que sea imposible someterlos a crítica. Al contrario, la crítica es no sólo perfectamente posible, sino absolutamente necesaria. En la vida cotidiana se asumen sin ser cuestionados pero su cuestionamiento supone un poner entre paréntesis esa misma vida cotidiana. Esta suspensión de su sentido deja al descubierto su condición de concepto acríticamente asumido. Pero la dificultad para poner en cuestión dichos contenidos es enorme ya que, como vemos, significa poner en cuestión el sentido mismo de la vida. Cuestionarlos significa poner los contenidos culturales con los que, en nuestro desarrollo social como individuos, nos hemos formado intersubjetivamente.

– una vez detectados y comprendidos, revelando su alcance semántico-simbólico, podemos penetrar en lo más profundo de una cosmovisión. Aunque es difícil que esto pueda producirse de manera absoluta, si es verdad que una vez los hemos detectado, podemos también ejercer cierto poder de manipulación de la cultura en cuestión, si poseemos algún acceso a los medios de comunicación adecuados.

 

– no obstante, de esta manera también se establece un mecanismo que, al mismo tiempo permite la comunicación intercultural pero impide la homogeneización: las culturas no son inconmensurables pero tampoco son reducibles las unas a las otras.

 

Podemos decir que todas las culturas son singulares e iguales en valor, al margen de la mayor o menor complejidad organizativa, teniendo derecho a desarrollarse y expresarse según sus propios criterios cosmovisionales. Ello no anula ni elimina la importancia del diálogo intercultural, que es perfectamente posible. Esto es especialmente relevante en un momento como el actual en el que todas las culturas se encuentran irremediablemente en contacto.

 

 

4. Cambio cosmovisional

 

 

Las cosmovisiones, como las culturas no son estáticas. Si podemos considerar la cultura como la principal estrategia adaptativa de la especie humana, la que le ha permitido ocupar todo el planeta en muy poco tiempo[10], es gracias a una característica esencial de la cosmovisión: la plasticidad. La cosmovisión debe poner en marcha una dinámica creativa que le permita adaptarse a los cambios, al mismo tiempo que mantiene un cierto nivel de estabilidad necesario para que los contenidos simbólicos con los que se articula puedan cumplir su función.

Tres son las vías que pueden generar cambios en la cosmovisión, que más adelante aplicaremos concretamente:

1. cambios internos: debidos a alteraciones en la retroalimentación entre las prácticas y los conceptos cosmovisionales, cuando los conceptos cosmovisionales y las prácticas que legitiman ya no interactúan.

2. cambios debidos a alteraciones medioambientales: a lo largo de la evolución de nuestra especie hemos padecido numerosos cambios ambientales (desde glaciaciones a períodos de extremo calor). Como consecuencia hemos debido reestructurar nuestra visión del mundo para adaptarla necesariamente a nuevas prácticas que nos garantizasen la supervivencia.

3. cambios debidos al contacto entre culturas: todo contacto cultural implica una modificación, en mayor o menor medida, de algún aspecto cosmovisional. Podemos decir que los contactos entre culturas se han dado por la vía del intercambio y el comercio, la colonización o invasión y la emigración. Este tercer punto es el que vamos a desarrollar con más detalle en el presente escrito.

Entre cambio y estabilidad se produce una dinámica fundamental para encontrar respuestas a los retos adaptativos propios de la cultura, pero también para enriquecerla con nuevos contenidos, nuevos materiales tanto simbólicos (nuevas ideas, valores, etc.) como materiales (nuevas instituciones, nuevas tecnologías, etc.). Se trata por lo tanto de una tensión creadora fundamental para la salud y supervivencia de las culturas. Así pues, dado que los contenidos simbólicos, en su retroalimentación con las prácticas, son esenciales para generar una cultura estable pero a la vez suficientemente plástica, podemos decir que la cosmovisión establece una decisiva semántica de la realidad.

5. El contacto entre culturas.

De entre los tres factores de cambio cultural, el que nos interesa en el presente texto es el relativo al cambio debido al contacto entre culturas. Los primeros tiempos de la humanidad ya nos revelan numerosas muestras de intercambios y contacto entre culturas, algunas muy alejadas geográficamente. Desde el cuarto milenio antes de Cristo hay pruebas del intercambio de diferentes productos procedentes de zonas muy alejadas. En el Creciente fértil se ha encontrado desde ámbar del Báltico hasta lapislázuli de Afganistán y turquesas de Irán[11]. Cabe destacar que siempre, junto a los intercambios materiales, se producen necesariamente intercambios simbólicos. Se podría afirmar que, en general, el cambio e intercambio entre culturas ha sido y es más la norma que la excepción. No podemos considerar las culturas como compartimentos estancos ya que, de ser así, la esencial función adaptativa de la cultura se vería totalmente impedida.

No obstante, ¿porqué, en general, el contacto con otras culturas genera problemas? ¿porqué demasiado a menudo se considera más un peligro, una amenaza, que un beneficio a medio o largo plazo?

Para responder a esta pregunta hemos de volver por un momento al principio.

6. El sentido.

En esa odisea evolutiva que conduce, a través de múltiples senderos, hasta nuestra especie, encontramos un momento fundamental. Se trata del paso del pensamiento animal que describíamos al principio, al pensamiento lingüístico-simbólico propiamente humano. Este cambio modificó también la forma en que nuestra conciencia se percibe a si misma. Desde ese momento, empezamos ser conscientes de que ocupamos un determinado lugar dentro de un sociedad, en el mundo, en el universo que tenemos alrededor. Nos pudimos considerar finitos, acechados por la muerte y, desde entonces, pudimos empezar también a preguntarnos por el sentido. ¿Qué sentido tiene nuestra existencia?, ¿es la muerte el final de nuestra conciencia?, ¿el final de ese diálogo que ahora podemos establecer con nosotros mismos?, ¿porqué ocupamos el lugar que ocupamos en la jerarquía social y no otro? … En definitiva preguntas que hacen aparecer la pregunta por el sentido.

El precio de salir de la inmediatez existencial del pensamiento animal se paga con una incesante necesidad de obtener respuestas. La misma capacidad lingüística que nos permite hacernos dichas preguntas nos permite también elaborar las respuestas. La cosmovisión adquiere así otra función más allá de la función adaptativa anteriormente descrita: es capaz de generar el sentido, algo que, como homo sapiens, necesitamos tanto como alimentarnos. Sobre él construimos las bases de una vida ordenada y coherente.

Como ya hemos dicho más arriba, los contenidos cosmovisionales no están sujetos a críticas arbitrarias o caprichosas, aunque necesariamente deben poder ser cuestionados en determinadas situaciones. Pero ahora podemos entender todavía mejor porqué se hace tan difícil cuestionar estos contenidos simbólicos propios de la cosmovisión: afectan fundamentalmente al sentido que otorgamos a nuestra forma de vida, a nuestros valores y actitudes.

Las críticas a la propia cosmovisión pueden tener lugar desde cuatro frentes[12]

1. interna a la propia cultura y de manera individual: en la que el pensamiento crítico puede llevar al individuo a poner en cuestión los contenidos – pasivamente recibidos pero activamente asimilados – de su cultura.

2. interna a la propia cultura y de manera colectiva: podríamos hablar, a la manera khuniana, de acumulación de errores y descoordinación entre las prácticas y los contenidos simbólicos con los que estas se retroalimentan.

3. externa por los cambios medioambientales: los grandes cambios medioambientales ponen siempre a prueba la capacidad de adaptación humana, lo que se demuestra gracias a la rápida adaptación cultural a la nueva situación.

4. externa por el contacto entre culturas. Esta cuarta forma es la que nos interesa en el presente escrito y en ella nos detendremos.

7. El rechazo a la diferencia.

Todo cuestionamiento de la cosmovisión conduce a una crisis de sentido. Entendido desde una perspectiva amplia y como proceso de largo recorrido, las crisis de sentido tienen una función positiva ya que reorganizan la cosmovisión para generar un nuevo sentido, seguramente más adaptativo, funcional y enriquecedor de la cultura. Pero los individuos que viven ese cambio no lo perciben así, al contrario, es vivido como algo trágico. Su mundo, tal como lo habían conocido hasta el momento, se hunde y se transforma siempre negativamente.

Cuando este cambio tiene lugar debido al contacto entre culturas, dicho contacto siempre produce un determinado choque y cuestionamiento de los conceptos cosmovisionales. La profundidad de tal choque dependerá del grado de contacto, la mutua implicación y las relaciones de poder que se den entre las diferentes culturas. Pongamos dos ejemplos. En primer lugar, no será la misma afectación la que sufre una cultura colonizada que la cultura colonizadora. Las dos se verán mutuamente influenciadas, pero lo que en la primera puede ser tan solo la asunción de algunos aspectos folclóricos o gastronómicos, en la segunda representa una completa transformación traumática de sus estructuras cosmovisionales profundas. En segundo lugar, tenemos el caso que nos interesa directamente en este escrito: el contacto intercultural en sociedades complejas que reciben grandes contingentes migratorios, formados por personas pertenecientes a culturas considerablemente diferentes. Cuando esto sucede, la cultura receptora de la diversidad tiene, en general, la percepción de que se están produciendo cambios profundos que alterarán su forma de vida. En ese momento empiezan a funcionar mecanismos defensivos que utilizan el estereotipo como instrumento de reducción de la complejidad. Como veremos, el problema se hace más grande cuando el estereotipo se transforma en prejuicio y, además, está apoyado por discursos interesados en mantener el miedo y el rechazo a la diferencia.

La posibilidad de un primer mecanismo de rechazo de lo diferente se basa, esencialmente, en el mecanismo cosmovisional que tiende a garantizar la estabilidad de la cultura. Desde dentro, los miembros de dicha cultura tienen la impresión de que su forma de vida, sus valores, su forma de actuar y de comprender el mundo, de relacionarse entre ellos, han sido siempre invariables. Se percibe la cultura como algo vinculado a una tradición y una herencia recibida de los antepasados o de las generaciones precedentes y que se pierde en la noche de los tiempos. No se acostumbra a considerar los cambios culturales como elementos necesarios incluso para la formación de lo que se percibe como la propia cultura. Más bien se atribuye su coherencia a una larga cadena inalterada que viene del pasado.

8. Estereotipo y prejuicio.

Este mecanismo provoca, en un primer momento, la percepción negativa de lo extraño. Bien es verdad que depende en gran manera del número de individuos que lleguen a la cultura receptora: hay un momento en el que pasamos de “lo exótico” a “lo molesto” en función de la mayor o menor presencia de lo diferente.

Lo que se constituye como estereotipo no es más que la catalogación y simplificación de la representación del otro. Es un mecanismo que reduce la complejidad y que, además, adquiere sentido cosmovisional ya que enlaza con los relatos simbólicos que cada cultura tiene sobre lo diferente. Lo más habitual es que, una vez pasado el desconcierto inicial ante lo diferente, las inevitables relaciones interpersonales hagan caer las simplificaciones del estereotipo para dejar al descubierto lo que hay detrás de ellas: personas.

El problema aparece cuando, por diferentes motivos, el estereotipo no cae sino que se radicaliza y exacerba. Entonces estamos ante el prejuicio. Su aparición no responde entonces a los estímulos del contacto directo ya que adquiere una enorme fuerza irracional anclada en la cosmovisión misma. Esta fuerza encuentra su fundamento en una construcción simbólica ligada a los elementos más resistentes al cambio y menos proclives a favorecer la plasticidad cultural.

A pesar de la gran dificultad que supone controlar y direccionar a voluntad los procesos cosmovisionales, estas tendencias negativas se pueden vehicular, en especial en períodos en los que la cultura mayoritaria vive momentos difíciles, como en las crisis económicas[13]. Determinados grupos opuestos a la aparición de la diversidad pueden aprovechar esta situación, exacerbando el prejuicio. Además éste mecanismo puede representar una salida a la presión social acumulada, encontrando un cabeza de turco sobre quien descargar irracionalmente la ira y el desconcierto. En nuestras sociedades occidentales, los grupos extremistas xenófobos se nutren de esta exacerbación del prejuicio.

9. El rumor.

El prejuicio puede propagarse a gran velocidad gracias al rumor. El combustible mediante el que el rumor avanza a gran velocidad son los sentimientos negativos y de frustración de la población. Uno de estos miedos es el miedo a lo desconocido, a aquello que, una vez que deja de ser mera curiosidad exótica, pasa a ser una amenaza a la propia manera de vivir, que se percibe como invariable a través de los siglos. El hecho de ver, en poco tiempo, las calles por las que se ha paseado toda la vida repletas de gentes que hablan diferentes idiomas, que visten ropas completamente distintas, que tienen costumbres extrañas exacerba también otro miedo irracional, el miedo a la invasión. Por otro lado, el hecho de asociar la imagen del recién llegado a la pobreza hace que las capas más desfavorecidas de la sociedad de acogida empiecen a temer por la distribución de los recursos sociales. Este sentimiento se transmite a toda la población en época de crisis.

Es en este caldo de cultivo en el que el rumor puede crecer y multiplicarse, favoreciendo los posicionamientos más extremistas. El proceso de estereotipación, según Gordon W. Allport[14] comporta la asimilación de cualidades psicológicas a grandes colectivos humanos. Este procedimiento de simplificación y reducción de la complejidad se transforma en prejuicio cuando, como ya se ha explicado más arriba, se añaden las características negativas fruto del miedo y el desconocimiento. El uso del rumor es el elemento final para la propagación del prejuicio y su autojustificación. El rumor realiza un proceso de:

1. simplificación: donde la reducción de la complejidad propia del estereotipo deja de lado su función instrumental. Ahora la simplificación es un elemento necesario en si mismo para la propagación efectiva del rumor.

2. racionalización: el rumor establece una racionalidad independiente de las informaciones externas y que encuentra su fundamentación en él mismo. No hay argumentos posibles para rebatir el rumor, que se autojustifica.

3. centralización: establece un zoom que deforma la realidad para centrarla en aquellos aspectos que legitiman el propio rumor.

El objetivo final es la creación de un flujo de información cargado de parcialidad y destinado a reforzar los prejuicios y, lo que es peor, a fortificar las prácticas de la exclusión y el rechazo a todo diálogo intercultural. Se trata de un relato construido interesadamente y que genera su propia racionalidad, al margen de que no exista evidencia alguna de su veracidad. El rumor consigue su objetivo cuando se desarrolla en momentos de crisis y cuando es capaz de enlazar con conceptos cosmovisionales fundamentales. Entonces queda ligado al sentido de la realidad y se retroalimenta con las prácticas sociales que tiende a reforzar. Es por este motivo que el rumor puede reforzarse gestalticamente al margen de la borrosidad y ambigüedad de la información que transmite, así como de la imposibilidad de ser demostrado empíricamente. En definitiva el rumor queda anclado en los miedos e inseguridades de los miembros de una sociedad, miedos e inseguridades conectados con lo más íntimo de su forma de ver el mundo.

10. ¿Cómo combatir prejuicios y rumores? El diálogo intercultural.

El objetivo del diálogo intercultural, en realidad, es establecer el diálogo entre personas. No son las culturas las que dialogan, son los seres humanos. Pero, a pesar de que esto resulta una evidencia, no tener en cuenta los mecanismos culturales descritos anteriormente puede hacer difícil dicho diálogo. Entre otras cosas, no tenerlo presente puede inducir a pensar, precisamente, que las personas se reducen a los estereotipos o, peor aun, a los prejuicios que ponen en marcha los mecanismos cosmovisionales.

Veamos ahora qué condiciones se deberían cumplir para que tal diálogo se produjese de manera que condujese a la estabilidad y armonía sociales. Hablaremos primero de lo que podríamos llamar las condiciones políticas del diálogo intercultural que la sociedad de acogida debería observar de cada a los colectivos de inmigrantes. En segundo lugar, hablaremos de las posibles medidas para desarmar y atacar los prejuicios y los rumores en los que se apoyan los miedos e inseguridades que hacen emerger la xenofobia. Hay que tener presente que, de lo contrario, dichos miedo e inseguridades serán puestos al servicio de los intereses de los grupos totalitaristas en contra de la democracia.

Las condiciones políticas:

Por lo que respecta a la sociedad de acogida, ésta debería tener en cuenta tres aspectos esenciales: la comunicación, la representación y el reconocimiento[15]. Veamos a continuación en qué condiciones podríamos hablar de un diálogo intercultural, dentro de sociedades complejas como las nuestras, teniendo en cuenta estos tres elementos fundamentales.

En primer lugar y como acabamos de decir, el diálogo intercultural es un diálogo de personas. Así pues, el primer objetivo que hay que conseguir, como en todo diálogo, es precisamente que éste sea un diálogo y no un monólogo. Dado que, generalmente, las personas inmigradas pertenecientes a otras culturas se encuentran en una situación de inferioridad en cuanto a las posibilidades de expresión y comunicación, lo primero que debemos conseguir es que puedan acceder a los canales de comunicación necesarios para que su voz pueda ser oída en igualdad de condiciones. No se puede dialogar si sólo una de las partes tiene voz. Estos canales de comunicación pasan por los medios de comunicación de pequeña escala (barrios, pueblos, comunidades de vecinos, etc.) pero sobretodo por los mass media. Sin una implicación profunda y comprometida de los medios el objetivo no se puede lograr.

En segundo lugar, esa apertura de las necesarias vías de comunicación debe comportar procesos de reconocimiento. Sentirse parte de una sociedad y considerarse en igualdad de condiciones para poder establecer un diálogo abierto y franco, requiere que todos los individuos que componen el cuerpo social puedan sentirse reconocidos como interlocutores en igualdad de condiciones, aceptando su diferencia al mismo tiempo que reconocen las reglas del juego de la sociedad de acogida.

Finalmente, la posibilidad de comunicarse y ser reconocido pasa también por poder ser representado: sin el derecho al acceso a las instituciones políticas, es decir, a ser representado directamente como cualquier otro ciudadano, la comunicación y el reconocimiento no pueden verse completados.

Acciones contra los estereotipos y los prejuicios:

Resulta evidente que las medidas antes mencionadas no servirían de mucho si antes no se consigue desactivar el peligro de los rumores fundados sobre prejuicios. Sólo quitando el velo del prejuicio puede emerger, a la vista de todos, la persona que se esconde detrás del estereotipo radicalizado. Para conseguir este propósito podemos pensar en una serie de acciones.

La primera de ellas pasa, de nuevo, por la implicación a todos los niveles de los medios de comunicación, de los poderes públicos y de la sociedad civil. Un buen ejemplo de combinación de los tres ámbitos lo representa la “Xarxa BCN antirumors”[16]. Esta red antirumores puesta en marcha por el ayuntamiento de Barcelona combina las actuaciones desde el sector público, con la colaboración con los medios de comunicación y la sociedad civil.

En segundo lugar, es preciso tener en cuenta que la desactivación de los efectos negativos del prejuicio y el rumor no pasa por las campañas meramente informativas. El prejuicio no se combate solamente con el conocimiento y los datos estadísticos ya que está arraigado en lo más profundo de la cosmovisión. Esto quiere decir que se vincula de manera estrecha con cuestiones relativas al sentido y el sentimiento, más que con aspectos racionales y epistemológicos. En este sentido, es preciso potenciar la investigación sobre los mecanismos cosmovisionales, la generación de estereotipos, prejuicios y rumores. Contra más podamos conocer los mecanismos implicados en estos procesos, más podremos dominar y predecir sus efectos.

Por último y de no menor importancia, es preciso poder actuar legalmente contra todo aquel colectivo o ciudadano que difunda y utilice tendenciosamente esta información, es decir, cuando se demuestre que lo hace con fines políticos, manipulando la opinión pública y falseando la realidad conscientemente.

Sólo de esta manera podremos intervenir en la generación de rumores, prevenir la aparición de conflictos e invertir la situación para poder aprovechar el valioso tesoro que representa la diversidad cultural asegurando la cohesión social.


[1] Utilizo ‘protocultura’ en el mismo sentido que lo hacen Clifford Geertz en“El impacto del concepto de cultura en el concepto de hombre” en La interpretación de las culturas, Gedisa, Barcelona, 2005 y Georges Chapoutier en Kant y el chimpancé, Proteus, Barcelona, 2011.

[2] Geertz, C., La interpretación de las culturas, Gedisa Editorial, Barcelona, 2005

[3] Mosterin, J., El pensamiento arcaico, Alianza Editorial, Madrid, 2006

[4] Serrano, S., “Proceso de hominización y lenguaje”, Revista Mètode,  http://www.uv.es/metode/anuario2004/154_2004.htm., Universitat de València,

[5] Es decir como el producto de las relaciones entre las partes de un sistema complejo, donde el todo tiene más propiedades que las partes mismas.

[6] Geertz, C., Myth, Symbol and Culture, W.W. Norton & Company, London, 1974

[7] Que incluso a veces, para añadir complejidad, se entremezclan.

[8] Por concepto entendemos aquí sentidos cosmovisionales propios de determinados elementos que poseen funciones simbólicas, gnoseológicas o axiológicas.

[9] Semántica entendida como aquello relativo al significado: expresión de significados que tienen una decisiva influencia en la acción y el pensamiento.

[10] A escala evolutiva.

[11] Mosterin, J., Op. Cit.

[12] Vinculados estrechamente con las formas de cambio cosmovisional que hemos descrito anteriormente.

[13] Las crisis económicas no provocan la aparición de estos mecanismos, pero si los acrecientan y magnifican.

[14] Allport, G.W., The nature of prejudice, Addison-Wesley Publishing, 1954, Massachusetts

[15] Aunque éste no es el lugar para hablar de ello, en una democracia es necesario extender estos principios no sólo a los colectivos de inmigrantes sino a todos los colectivos y ciudadanos.

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