Consumismo, bioética y sostenibilidad (Capítol del llibre: Hacia una sociedad responsable: reflexiones desde las éticas aplicadas, Prohom Edicions, Universitat Ramon Llull, juny 2006)

by sapereaudecat

La Modernidad, como es sabido, supuso un cambio profundo de todas las estructuras sociales de occidente. Este periodo generó una nueva cosmovisión bien diferente de cualquiera de las que la habían precedido. Lejos de los lugares naturales de la física aristotélica, el mundo material se vio igualado y homogeneizado. Esto condujo a la aparición de la Nueva Física, a la matematización del cosmos. Si pensamos en el paradigma aristotélico, este cambio supone una transformación radical ya que, para el estagirita, la física no podía jamás fundamentarse en la matemática: «La exactitud matemática del lenguaje no debe ser exigida en todo, sino tan sólo en las cosas que no tienen materia. Por eso el método matemático no es apto para la física; pues toda la naturaleza tiene probablemente materia».[1] El nuevo período histórico representa exactamente la inversión de esta cosmovisión. A partir de ahora, el único conocimiento válido sobre el mundo será el que sea susceptible de ser fisicomatemáticamente abordable. Desde este momento, a Occidente se le abren, de par en par, las puertas de un saber que le llevará a ser la mayor potencia tecnológica jamás habida sobre la Tierra. Por otro lado, de la misma manera que dejaban de existir diferencias ontológicas en la naturaleza, éstas también desaparecían entre los individuos: Libertad, Igualdad y Fraternidad. Nadie es intrínsecamente superior a otra persona ya que todos los seres humanos nacen libres e iguales. Democracia y Derechos Fundamentales, junto con el conocimiento científico, serán las mejores aportaciones de la nueva cosmovisión a la Humanidad.

 

Pero toda cosmovisión es humana y por lo tanto, imperfecta. Con la Ciencia aparecieron conceptos muy poco científicos como el cientifismo. El reduccionismo matemático, tan útil metodológicamente, resulta nefasto cuando se transforma en un pilar cosmovisonal que determina ontológicamente la realidad, ya que transforma lo que existe en algo cuantificable y dominable. A partir de ahora, la mirada occidental sobre la naturaleza se verá mediada por la utilidad: la naturaleza será aquello que sólo tendrá sentido como lo utilizable. Desde este momento, la relación del mundo occidental con el planeta se basará en la idea de dominio. La potencia legitimadora del cientifismo junto con el poder de la tecnociencia, sumadas a la fuerza dinámica del capitalismo, generaron una situación histórica inédita en la que una sociedad humana conseguía, por primera vez, aunar una potentísima forma de conocimiento a un imparable impulso de dominio. Los textos sagrados se reinterpretaron desde una nueva luz, generando así significados diferentes adaptados a la nueva situación. Es en este profundo movimiento creador que surgen los nuevos conceptos decisivos para la incipiente cosmovisión. Algunos de estos conceptos no se formulan abiertamente si no que actúan de forma implícita, como ‘antropocentrismo’[2]. Otros, como ‘Progreso’, se hacen visibles y dominan el pensamiento y la acción. El ser humano ya no necesita pensar en perfectas y lejanas “Edades de Oro” ni tampoco confiar en edenes supraterrenales futuros. El paraíso lo tiene a tocar de sus propias manos, lo puede empezar a construir hic et nunc. A partir de ahora y gracias a su trabajo, el futuro será necesariamente mejor que el pasado. Este impulso prometéico no cesará hasta nuestros días, siendo una de las principales condiciones de posibilidad de la insostenibilidad global que padecemos. Las siguientes palabras de Descartes resumen, de forma magistral, la idea que queremos expresar aquí:

«.“[…] esas nociones me han enseñado que es posible llegar a conocimientos muy útiles para la vida y que, en lugar de la filosofía especulativa enseñada en las escuelas, es posible encontrar una práctica por medio de la cual, conociendo la fuerza y las acciones del fuego, del agua, del aire, de los astros, de los cielos y de todos los demás cuerpos que nos rodean tan distintamente como conocemos los oficios varios de nuestros artesanos, podríamos aprovecharnos del mismo modo en todos los usos apropiados, y de esa suerteconvertirnos como en dueños y poseedores de la naturaleza »[3]

Situados ya en nuestros días podemos ver cómo, a lo largo de los siglos, el capitalismo y su impulso de dominio han ido cambiando. Desde la muerte de la ética protestante a manos de la tarjeta de crédito, el espíritu del capitalismo cabalga a lomos del consumismo. La dinámica aparentemente imparable de la sociedad capitalista de consumo tiene, como eje central de su desarrollo, un impulso irrefrenable hacia la ilimitación. Dicha ilimitación es además su fundamento cosmovisional primordial. Esta tendencia no es algo totalmente nuevo ya que está íntimamente emparentada con ese impulso de dominio del que hablábamos hace un momento. En consecuencia, este tipo de sociedad se basa en una concepción del medio ambiente como algo infinito de lo que podemos abastecernos sin límite. Pero la diferencia del consumismo con las etapas anteriores del capitalismo la encontramos en que no sólo se considera a la naturaleza como una matriz infinita de riqueza, si no que también se supone que el mismo ser humano posee una infinita capacidad de desear. De esta manera, se considera la persona como un ser abocado a una perpetua insaciabilidad. Este es el primer elemento esencial del consumismo: la proliferación sin límites del deseo. Ahora vemos como esta forma de vida tiene, en su fundamento cosmovisional último, una incapacidad absoluta de reconocimiento de los límites. Ha llevado la ilimitación a ser su condición de posibilidad, de manera que se instala tanto en el interior de los individuos – el ser humano como homo appetens – como en el exterior – la naturaleza como un enorme supermercado –. Una vez más hay que decir que no estamos ante un elemento nuevo en sí mismo, las condiciones de posibilidad de esta idea se encuentran ya en ciernes en los primeros textos de la Modernidad, como podemos ver en el siguiente texto de Locke:

« La inquietud que siente en su interior un hombre por la ausencia de alguna cosa que le daría placer si estuviera presente, es aquello que denominamos deseo. Este es más o menos potente según esta inquietud sea mas o menos ardiente. No será inútil observar, de paso, que la inquietud es el principal, por no decir el único, motor que excita la industria y la actividad humana.»[4]

Estos dos fundamentos de la sociedad de mercado contemporánea – la infinitud de la naturaleza y del ser humano – conducen inevitablemente hacia la cosificación de todo lo que existe. Respecto al mundo nos quedó claro unas líneas más arriba, cuando especificábamos la necesidad inherente de considerarlo como algo destinado a satisfacer nuestras necesidades. Pero ahora también se hace patente la cosificación humana que implica: si consideramos al ser humano como un mero receptáculo infinito de deseo, dejamos de verlo como un fin en sí mismo para considerarlo un recurso más del sistema. Llegados a este punto podemos decir que se ha generado una profunda contradicción interna que hace de la nuestra una sociedad políticamente psicótica: no puede dejar de considerar sus principios fundamentales explícitos (Democracia, Derechos Fundamentales, etc.) como los elementos irrenunciables que deben guiarla políticamente pero, al mismo tiempo, no puede ponerlos efectivamente en práctica ya que son intrínsecamente contradictorios con su estructura profunda de funcionamiento. No podemos considerar al mismo tiempo al ser humano como un sujeto de derechos y un recurso utilizable más. Hoy, además, hay que pensar en esta posibilidad como algo literal que ha llegado a un extremo impensable hace apenas unos pocos años: la biopiratería representa la relación más cosificadora que el ser humano puede establecer consigo mismo. Así pues, la transgresión de los límites también se lleva ahora hacia el propio interior del ser humano. Dicho de otra manera, en una sociedad de consumo la premisa fundamental es la de que Todo lo existente es susceptible de ser consumible. Éste “Todo” es absoluto, es decir, que no puede dejar fuera nada. Por lo tanto, el mismo ser humano puede ser transformado, en su materialidad más básica, en un recurso consumible, si existe la posibilidad de extraer beneficios de ello. Esto agrega una segunda forma de cosificación puesto que, además de considerar al ser humano como un ser meramente deseante, lo caracteriza definitivamente como una materia prima más. Las biotecnologías pueden llegar a ser una interesante fuente de beneficios para la humanidad o bien para unos pocos. El dilema depende de si permitimos que el Mercado se erija en el único gestor social, entonces el beneficio nunca será para la Humanidad en su conjunto.

Las necesidades del sistema le impulsan, pues, a incrementar continuamente tanto su capacidad para generar deseo en los individuos, como su poder de dominio y transformación de los recursos naturales, incluido el mismo ser humano. Ahora bien, estos dos elementos, humanidad y naturaleza, no son de ninguna manera entes infinitos. Se produce así un choque profundo entre la necesidad del sistema de considerarlos infinitos y su auténtica naturaleza finita. El problema fundamental de la sostenibilidad radica en que esta contradicción no genera un simple choque entre contrarios superable con una reforma de las políticas prácticas (tecnológicas, económicas, etc.). Lo que se da es una contradicción intrínseca del sistema social mismo. Una contradicción cuya superación supone la desaparición misma de la estructura social que la ha generado y la de sus condiciones de posibilidad:

«Las sociedades capitalistas no pueden responder a los imperativos de la limitación del crecimiento sin abandonar su principio de organización, puesto que la reconversión del crecimiento capitalista espontáneo hacia un crecimiento cualitativo exigiría planificar la producción atendiendo a los bienes de uso. En todo caso, el despliegue de las fuerzas productivas no puede desacoplarse de la producción de valores de cambio sin infringir la lógica del sistema»[5]

Es por este motivo que el consumismo no se limita a ser uno de los motores del sistema económico si no que es también una potente estrategia de poder. La necesidad de pensar en consumir, la seducción continua ejercida por las diferentes formas de publicidad y el endeudamiento que produce el exceso de consumo, mantienen la sumisión de los individuos al sistema. Así pues, como ya hemos dicho, la creación de una sociedad auténticamente sostenible y también realmente justa y democrática, requiere superar el sistema mismo en el que estamos instalados. Un sistema que, aparentemente, goza de buena salud y se extiende cada más por el planeta.

Una vez vista la estructuralidad, necesaria para el sistema, de la idea de absoluta ilimitación, nos podemos preguntar por cómo podemos superar esta contradicción. Si, como veíamos en el texto anterior de Habermas, la “lógica del sistema” no puede existir sin pensar el mundo como algo transformable en valor de cambio, si la crematística ocupa necesariamente el lugar de la oikonomia – en sentido aristotélico – y no puede haber cambio sin cambio de sistema ¿en qué queda nuestra capacidad de acción desde dentro de él? ¿Cómo podemos modificarlo desde dentro? Y si no, ¿Existe un algún “afuera”? ¿Hay que cambiar la cosmovisión? ¿Es esta modificable a voluntad? O bien, ¿responde a un proceso complejo difícilmente reconducible por la limitada capacidad humana? ¿Tenemos tiempo de hacerlo? … La teoría de la sostenibilidad, ha de poder enfrentarse con estas preguntas y reflexionar sobre los límites externos que tiende a sobrepasar el capitalismo de consumo. La bioética, por su parte, ha de pensar en abordar los límites internos que no habría que dejar en manos del Mercado.

 


[1] Aristóteles, Metafísica, Gredos, Madrid, 1987

 

[2] No siendo reconocibles hasta nuestros días, una vez que entran en crisis.

[3] Descartes, R., Discurso del método, Alianza Editorial, pp. 117 – 121, Madrid, 1979.

[4] Locke, J., Ensayo sobre el entendimiento humano, 1690, Libro II, Capítulo XX.

[5] Habermas, J., Problemas de legitimación en el capitalismo tardío, Catedra, Madrid, 1999.

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